Tres palabras para las navidades: luces, regalos y felicidad.Esto es lo que, desde nuestra más tierna infancia, nos inculcan la sociedad y la familia, siempre optimistas ante el fraude de esta festividad.
Acercándose diciembre y según tachamos un día tras otro de ese calendario que mamá compra todos los años, las calles se empiezan a llenar de miles y miles de voltios colgando de edificio en edificio cual Spiderman fluorescente. La tele, fiel ayudante de la codicia comercial, empieza a escupir anuncios de juguetes, juguetes y... ¡oh, vaya! Más juguetes, impulsándonos desde temprana edad a la más ruin de las costumbres navideñas: las compras compulsivas. Los colegios, radios locales y corales de todo tipo repiten, con gran entusiasmo y variedad, los chirriantes villancicos que harían enfermar hasta al propio Santa Claus, y los hogares familiares se convierten, de repente, en un nido de guirnaldas, adornos de toda clase y figuritas del belén que se renuevan cada año por torpeza del ajeno.
Y todo el mundo encantado con esto; por la calle, la gente sonríe, el humor general mejora, todos son amigos y comen perdices en familia,¿verdad?
PUES NO.
Existe otra cara de la navidad que a todos nos gusta obviar por el simple hecho de que es esta la postura más fácil ante lo feo y lo que no gusta.
Y es que, acercándose diciembre también, el peso de unas fiestas que han perdido todo su sentido cae sobre nosotros como la capa de invisibilidad de Harry Potter; no la ves, pero está ahi. Unas fiestas que se celebran ya, por costumbre, por nada más. Unas fiestas que, en muchas casa, no significan más que dolor.
No nos engañemos, la mitad de las sonrisas extensivas en estas fechas son fingidas, la falsedad nos protege cuando el mundo espera que todos seamos felices.
Esa madre que lleva sin comer tres dias para poder darle a su hija una muñeca el dia de reyes; la hija que sabe que sabe que su padre no volverá a casa por navidad, porque la vida no es un anuncio de turrones; aquella abuela olvidada en un asilo, estorbo para sus hijos que ni siquiera pasarán a saludar en nochebuena. Todos sonrien, pero ninguno es feliz.
Tampoco es feliz ese niño que, el salon inundado de regalos, juega solo dia sí y día también porque sus padres trabajan más de lo que viven; el abuelo que cena en familia y al calor de un hogar en el que falta la abuela, siempre la abuela; el padre que cena en restaurantes todos los días, pero no sabe nada de sus hijos desde hace meses.
Aunque lo pinten todo de color rosa, adornado con flores y purpurina, esta solo es la punta del iceberg. ¿Qué me decís de la solidaridad selectiva tan abundante en estas fechas? ¿O de esos mensajes que en nochebuena y nochevieja (siempre puntuales) nos llegan a los moviles deseando esto y lo otro y lo de más allá (siempre lo mismo y siempre mentira)? La falsa bondad, los amigos y parejas estacionales, el derroche de absolutamente todo, la caridad cristiana episodica...
Pero detrás de todo lo bello y bonito y lo todo lo que nos intentan inyectar en vena, la pobreza sigue ahi en navidad tambien; y la tristeza, y la desesperación. Que la depresión de la vecina, el cáncer del primo o la muerte de la del estanco no van a desaparecer por arte de magia, por mucho que se lo pidas a los reyes magos. La gente seguirá muriendo de hambre o de frio o de cualquier enfermedad de la que tú te sientas a salvo, por mucho que sea oh blanca navidad, y no hace falta irse muy lejos para comprobarlo.
Asi que, no me digais que en estas fechas todo es más bonito y más brillante y más alegre, porque no me lo trago. Quereis verlo, así, genial, por mi no hay ningún problema, pero no olvidéis ni por un segundo que no todo el mundo ve las guirnaldas con los mismos ojos."Feliz (o no tan feliz) navidad a todos!!"
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